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Bares, qué lugares, para echar de menos


Una de las cosas que echas de menos cuando sales de España son sus bares. Que no es que no hayan puesto sitios en el extranjero para tomar un café, o una cerveza con los amigos, pero no hay torreznos, ni señores leyendo el Marca, ni otras muchas cosas que echas de menos de los bares, qué lugares, tan gratos para conversar. 
Yo soy un poco como los señores de la canción, que también me gustan los bares. Calor, amor y bar. Deben ser las primeras palabras que aprenden los guiris. ¿Dónde mejor que un bar para practicar la frase preferida de los señores que vienen del extranjero a un país en el que se hable español? “Dous cervezas” por favor.
Hace poco entré a tomar un café en uno de esos bares típicos, de los de toda la vida. Un bar al “azahar”. Sólo quería que hubiera café… y me di cuenta que hay mucho más que café, y que los echo de menos más de lo que yo creía. 
Hoy te cuento por qué los echo de menos. 

¿Son el mismo, o es igual?

Parece que los bares, los de toda la vida (los llamamos así para diferenciarlos de los que NO son de toda la vida, aunque creo que la definición no ayuda demasiado) son todos iguales. Que los ha hecho el mismo señor y los ha decorado el mismo interiorista (como si hiciera falta uno para decorar un bar). Con su barra, su máquina de café, la vitrina para que no se cuelen (demasiadas) moscas en la tortilla o en los “cruasanes”, sus mesas con los servilleteros y palilleros, sus “menuses” del día, el oído cocina y su nombre original en el rótulo de la puerta. Casa Paco, El Toledano, Bar Tolo, La Oficina o Hermanos Peláez… y puede que tengas razón. Todos se parecen y por eso me gustan.
El nombre del padre, o del sitio…

No siempre es conocido el bar por su nombre original. Puede que el bar se llame Bar Simpson, pero en realidad todo el mundo lo conozca por el de la esquina, el bar (porque no hay otro en el pueblo), el de Juanín (porque el camarero se llama Antonio… Que noooo, que se llama Juan, pero como es más bajito que un bache, pues ahí lo tienes), o el guarro (en toda ciudad hay un bar en el que las condiciones higiénicas o bien del dueño o del bar no son las adecuadas y ese bar es carne de Pesadilla en la cocina). ¿Cuántos bares conoces que se llamen El Segoviano? Si eres de Calatayud, no te recomendamos que le pongas el nombre del gentilicio a tu bar… Te vas a gastar una pasta en el rótulo y por no decirlo, la gente ni entra.  Tampoco te recomiendo este nombre, pero cada uno es libre de poner nombre a las cosas como quiera… 
Bares: ¿Cuántos hay?

Depende de a quién le preguntes habrá muchos bares, o muchísimos. El caso es que se estima que hay unos 270.000 en España. Tenemos un bar por cada 170 personas. No está mal ¿No? Hay pueblos en los que sólo hay una iglesia y un bar, y en otros sólo un bar… que hace más calorcito, está más horas abierto y tiene más variedad de vinos.
Horario de apertura

Hablando de horarios, un bar de los de toda la vida casi siempre está abierto. A cualquier hora. Y te pueden servir un café, o un gin tonic cuando quieras. Sin mezclar. Aunque ahora a los gin tonics se les echa de todo, no sé yo si no llegará la moda del gin tonic late machiato, o el descafeinado. El caso es que siempre habrá una cara amiga para servirte el desayuno, comida, merienda, cena y recena. El horario de “cerradura” suele depender de a la hora que cierren. La de apertura pasa un poco lo mismo, pero más temprano… o no. 
 Seguimos con la decoración

Un bar de toda la vida que se precie tiene su barra, su señor detrás de la barra, esas banquetas altas ideales para sentarte cuando eres bajito como Juanín o vas un poco perjudicado por el alcohol. En sus cristales no puede faltar la imagen de un par de gambas, una jarra de cerveza, un mejillón (pobre, siempre sólo) y un bocadillo de calamares. También sus fotos de fútbol de la peña que toque en cada sitio, Club Deportivo Gimnástica Atlético Real Racing de Fútbol. No puede faltar las mesas con la publicidad de Mirinda (todavía quedan), esas sillas tan cómodas que a la media hora ya forman parte de tu cuerpo (se te han clavado en la espalda para siempre), y la máquina de las cerezas, con su señor o señora incorporado (hablaremos de ellos más adelante). 
El señor detrás de la barra

También conocido por su nombre de pila o jefe, aunque cada uno se llame de una manera. Este señor es capaz de recordar lo que le han pedido dos señoras que han entrado a tomar una cañita, cómo le gusta el café a sus clientes, los doscientos bocadillos que le han pedido los de la Tuna que acaban de entrar y tienen tiempo para comentar el partido de ayer…. Todo esto sin apuntar nada. Todo en la cabeza. Ríete tú de la memoria del último iPhone. Este señor es mucho mejor que el teléfono, y además no hay que andar cargándolo cada poco tiempo. Y viene con bayeta incorporada para limpiar la barra, cada uno con la suya (su barra, y su bayeta).
Los otros

No hay manera de mencionar a los clientes de los bares. Habría manera pero no sé yo si es muy atractivo leer un listado con un montón de gente. El caso es que hay muchas clases de clientes pero siempre estará en el bar el señor que pusieron de atrezzo cuando lo abrieron (vayas a la hora que vayas, allí estará viendo la tele o leyendo el periódico), la señora del abrigo de piel que entró por equivocación y se quedó a tomar una caña, el que pide un café para poder ir al baño y que no le miren mal al salir, los amigos echando la partida al mus o al dominó, los que van a ver el partido y se toman una coca cola durante 3 horas (lo que vino a denominarse marear la coca cola, o la caña, dependiendo de la bebida), los de la oficina de arriba que bajan a desayunar,  el que pide un carajillo desde la puerta a gritos, y el de la máquina tragaperras (que le pusieron al mismo tiempo que el que ve la tele o lee por el morro todos los periódicos. Es el señor más informado del mundo) y a veces, un borracho. 
Churros, porras, torreznos y otras cosas difíciles de pronunciar para los extranjeros

La carta de un bar de toda la vida es muy amplia. Desde un café en sus múltiples variantes, sólo, cortado, descafeinado de máquina en vaso con leche fría, máquina de leche descafeinada en jarra de cristal, Cola Cao sin azúcar, Light, sin cacao… Y toda clase de bollería, artesanal, industrial, química, física y aeronáutica. Pinchos de tortilla, con cebolla, sin cebolla, con pimientos, sin tortilla. Ese jamón colgado del techo, el queso metido en aceite (que venía también con el señor del periódico y con la barra), los platos combinados (parecen diseñados por Agatha Ruiz de la Prada por los colores), las gambitas, las patatas bravas, esa ensaladilla rusa…. ¿Cómo queréis que no eche de menos estas cosas? 
 Y con una cerveza, te regalamos las tapas

Es como con el primer fascículo (palabra horrenda donde las haya) de Mis Dinosaurios favoritos, o Tapones de corcho en el mundo, 50 Sevillanas para poner encima de la Tele. Que te regalaban las tapas. En algunos bares de toda la vida también lo hacen. Sin pagar. Gratis. Y sin tener que coleccionar dinosaurios ni nada, sólo con pedir una caña. La caña sí que hay que pagarla, que no todo va a ser alegría y alborozo (no tan bonita como la caña y la tapa gratis, pero una palabra preciosa). 
La variante de carretera

Vamos a terminar cogiendo el coche y yendo a esos bares de carretera que salpican nuestra piel de toro (jodé qué frase tan viejuna). Esos bares en los que ves camiones aparcados y sabes que se come bien (seguimos con los tópicos) y en los que puedes comprar Miguelitos de la Roda, ristras de ajos, vino de la tierra (en realidad es de uva, pero les gusta decir que es de la tierra), un queso entero, chorizos y un DVD con los mejores chistes de mariquitas y gangosos de Arévalo (sí, en DVD, todo un descubrimiento. Tan útil como la R de Marlboro). Su tabaco, ¡Gracias! 
 Como veis, echo de menos los bares… Aunque no debería, porque este post lo he escrito desde un Starbucks, que se está tan agustito, con su wifi y su café tan rico…. ¿A quién quiero engañar?




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