La señora del ascensor

La señora del ascensor podría ser el título de una película sobre una señora que va en un ascensor. No me vengáis ahora con que no queréis spoilers. Sería una película corta. Aunque tuviera muchos pisos para subir o bajar no da para un largometraje. Incluso con flashbacks (lo de ir para atrás) y flash forwards (ir “palante”) y cuentes la vida de la señora, del ascensor y de la madre que los parió a todos.
También valdría para título de un cuadro. Óleo sobre lienzo, acrílico, 100 por 100 algodón, acuarela, tinta china, bolígrafo bic naranja que escribe fino. Quizá podría ser el nombre de una obra de teatro sobre gente que sube en ascensores. O que baja, que los ascensores también van para abajo. Y a veces, mucho más deprisa.
Para título de libro ya no estoy tan seguro. Si no lo han escrito ya… El caso es que una de mis películas favoritas trata sobre una chica que trabaja en un ascensor. Subiendo y bajando gente. En realidad, ella sólo apretaba los botones. Que parecía muy fácil, pero tenía su aquel. Dar al botón correcto, saludar, no cargarse a ningún subidor o bajador con las puertas. Y sonreír, siempre sonreír.
La señora del ascensor de la que os voy a hablar no sonreía, ni apretaba botones y es probable que no haya salido en ninguna película. Pero da para título de un post y que hable sobre ella. Porque ella lo vale.
Aeropuerto de Dublín, 16 horas. Las cuatro de la tarde para que no tengáis que hacer cuentas. Y para que no penséis que la historia dura 16 horas.
¿Por dónde íbamos? Vale, por el aeropuerto de Dublín. Interior, tarde. Ascensor con aproximadamente 20 personas, entre las que me encontraba yo. No, la señora en cuestión no se encontraba aún.
Y ahí estábamos todos, esperando. Todos, las aproximadamente 20 personas que estábamos dentro del ascensor, incluyendo una señora en silla de ruedas y un amable joven que empujaba a la señora. A la silla de la señora, que todo hay que decirlo. Que ya nos vamos conociendo.
La señora en la silla, el amable joven, dos azafatas de Ryanair, sin dar instrucciones, porque en los ascensores no tienen jurisdicción, ni mandan nada. Dos pilotos. O un piloto y un copiloto. O dos copilotos. No lo tengo muy claro, porque en el uniforme no ponía más que su nombre. De su nombre quiero acordarme, pero no puedo. Estoy muy mayor para recordar algunas cosas.
También esperaban en el ascensor dos jóvenes que estaban haciéndose selfies. ¿Qué mejor que hacerse selfies mientras esperas? Una pareja con dos niños. Probablemente tenían más hijos, pero en ese ascensor sólo llevaban a dos retoños, muy parecidos a ellos, y casi iguales entre sí. En ese ascensor a todos se nos había subido el gemelo…
Ya os ahorro las cuentas. Llevamos 12 personas. Si contamos a Ana, mi pareja (parece el Arca de Noé y los animales), ya somos 14. Aún nos falta el grupo de señoras irlandesas que se van a jugar al golf a “Fungurola” o “Benalmadina” a comer “Pae-la”… Y ya de paso, tomarse unas copitas botellas de vino.
Son 4 señoras, aunque ellas ya vean doble. De momento, vamos 18. Nos falta un indio, de India, o de Pakistán, pero entonces ya no sería indio, y una joven alemana escuchando música, probablemente alemana. En total 20. La chica alemana no sé si al final bajó por las escaleras. Por eso, he dicho que éramos aproximadamente 20.
Pues ya estamos todos. Y vosotros os preguntaréis que dónde estaba la señora. ¿Es la de la silla de ruedas? ¿Una de las azafatas? ¿Alguna de las irlandesas? ¿Ana? ¿La alemana? ¿El indio o pakistaní era realmente una mujer?
Antes de continuar, quizá debería deciros que el ascensor era bastante amplio. No estábamos ahí las, aproximadamente, 20 personas apiñadas. Es un ascensor XXL. Como para llevar viajeros americanos. Más concretamente de América del Norte. De la parte de Estados Unidos.
Cuando estaban a punto de cerrarse las puertas del ascensor, un señor entró a toda prisa. “Esperamos a mi mujer” dijo en inglés. Sin preguntar, ni pedir disculpas, ni por favor, sorry… Nothing of nothing (nada de nada). Como dando una orden. El señor pulsó ese botoncito que tienen todos los ascensores para esperar a señoras que vienen un poco rezagadas. O señores dicharacheros y jacarandosos.
Y aquí nos tienes a todos. 21 personas aproximadamente, esperando a la señora del ascensor. Nos mirábamos unos a otros sin decir nada. Uno de esos silencios incómodos que se suelen dar en los ascensores. Nadie hablaba del tiempo, hará sol, está refrescando, ¿Lloverá hoy?… Estábamos en Dublín, claro que va a llover.
Todos con la vista puesta en la puerta del ascensor y en el dedo del señor apretando el botón de no cerrar hasta que llegue mi mujer. En realidad, el botón es muy probable que no se denomine así. ¿Tiene nombre ese botón? Da igual. Seguimos esperando a la señora. 21 personas, aproximadamente, paradas en un ascensor
No os puedo decir con total seguridad el tiempo que estuvimos esperando a la señora. En esos momentos no se te ocurre cronometrar. Más que nada porque tampoco sabíamos dónde estaba, la velocidad máxima a la que puede recorrer un pasillo una mujer. Menos aún sin tener en cuenta su complexión, su condición física, su edad, si cuenta con alguna discapacidad.
Yo, particularmente (no hice una encuesta a pie de ascensor para conocer la opinión de las aproximadamente 21 personas que estábamos esperando a la mujer. Además, tenía que descontar al marido, al que todos habíamos empezado a odiar), a lo que iba, tampoco pensaba encontrarme a una atleta olímpica y que llegara corriendo y haciendo piruetas y saltos mortales.
Que hay matrimonios muy peculiares, pero no esperaba a una jovenzuela, casada con un señor de unos 60 años. Aunque fuera inglés, porque el señor tenía acento inglés. Como el de la reina, pero en señor. Como la reina que tienen los británicos. Que hay reinas que no tienen acento inglés.
El odio hacia el señor, y su señora esposa, a la que aún no conocíamos, iba en aumento. Esos segundos, que para muchos fueron horas, de espera, podían ser preciosos para no perder un avión. O hacer sitio en la cola de Ryanair. O hacer lo que se te plante en vez de esperar a una señora que no tiene nada que ver contigo.
Lo que más me llamaba la atención es que nadie decía nada. Ni siquiera entre nosotros. Alguna mirada hacia la puerta. Un vistazo al reloj. Encogimiento de hombros para expresar perplejidad… Pero ni un mal gesto, una queja, nada.
Ya empezábamos, o al menos yo, a pensar que el señor que seguía pulsando el botón para que la puerta no se cerrara, debía disculparse, dejar el botón de una puta vez, y salir del ascensor y esperara él solito a que su mujer llegara. Otra opción es que la señora fuera imaginaria. Dios me libre juzgar a nadie por su aspecto físico, pero el señor inglés podría perfectamente no estar casado y estuviera esperando a la mujer de su vida. Ya sabéis que los británicos hacen cosas muy raras.
No sé qué pensarían el resto de mis compañeros ascensoriles, pero creo que hablo en nombre de todos, cuando digo que empezábamos a odiar a la mujer. Los 21, aquí no hay aproximación posible. Incluso su marido. Aunque no lo manifestara. No creas que sacaba la cabeza por la puerta para ver si su mujer estaba en camino o de sus labios salió un “cariño (Darling, sería en su caso), estamos todos esperando… ¿Podrías darte prisa de una puta vez que estos señores tendrán que coger el avión?”.
Ya sé que no es justo odiar a alguien que no conoces. Nunca la habíamos visto. No conocíamos ni su edad, su raza, su religión. Nada. Sólo que nos estaba haciendo esperar a todos. No lo podía evitar, ¡Soy humano! Y yo odiaba a esa mujer.
Otra posibilidad que pasaba por mi cabeza es que la señora fuera alguien importante. Que son cosas que hacen los famosos. Hacer esperar al resto. Que no digo yo que esté bien, pero lo hacen. Hubiera sido diferente si la persona a la que estábamos esperando fuese una actriz famosa. Pongamos que llega Sofía Loren. O Helen Mirren. O quizá fuera una cantante. De repente entra por la puerta Tina Turner. Y aunque no hay demasiado espacio en el ascensor para marcarse unos pasos de baile, se arrancaría con el estribillo de alguna de sus canciones.
Pero todo tiene su fin. La mujer del ascensor entró en escena. No era Tina Turner, ni Sofía Loren, ni tampoco entró haciendo piruetas. No sabría deciros si era inglesa porque no abrió la boca. Ni siquiera un gesto de disculpa. Ni una mirada al marido, que en ese momento dejó de apretar el botón, por lo que todos supusimos que aquella era su esposa. No, tampoco, era Beyoncé, aunque entró como si lo fuera.
Ahí estábamos, aproximadamente 22 personas. Sin abrir la boca, sin un reproche hacia la protagonista. Ni a su marido, que también jugó un papel estelar. Algunos nos mirábamos con ese gesto de ¿Qué cojones acaba de pasar y por qué no hemos dicho ninguno nada?
Es muy probable de, si habéis llegado hasta aquí, esperéis un final diferente. Como que el avión en el que iba la señora hubiera sufrido una avería y ahora le tocara esperar a ella. Que le perdieran las maletas. Que ahora esté separada porque su marido se ha cansado de esperarla… Pero no hay otro final. No sé qué ha sido de aquella señora. Tampoco espero que lea este post y se manifieste. Bajó del ascensor, como el resto de nosotros, y no supimos más de ella.
Tampoco penséis que la historia tiene moraleja, o alguna frase de autoayuda del tipo de “un ascensor te está esperando para llevarte donde tu hayas soñado” o mierdas parecidas. O consejos, de “No odies a señoras o señores, aunque se lo merezcan y quieras estamparles contra la pared”.
O a lo mejor sí tiene moraleja la historia si lo piensas bien. 20 personas en un ascensor y ni uno sólo dijo, ni hizo, nada a la pareja que nos hizo esperar a todos. Ni un mal gesto. Y no es cuestión de nacionalidad. Allí había gente de diferentes países. Ni una palabra, ni un reproche, y estoy convencido de que la mayoría de vosotros que estáis leyendo el post tampoco hubierais hecho otra cosa. Aunque lo estuvierais deseando.
Y es que la gente, en general es buena. De 22 personas, aproximadamente, en un ascensor, sólo había 2 “hijueputas”… Eso es menos de un 10 por ciento. Lo que yo os digo, que somos buenos… Casi todos.
Es posible que no os haya convencido y creáis que hay más gente mala. Que ese porcentaje es mucho mayor. Puede ser, pero se está acercando la Navidad y hay que ser bueno. ¡Por cojones! Que os están vigilando y si os portáis mal no hay regalos.
O sí, pero es mejor que seáis buenos. Yo os voy a estar vigilando. Y como no puedo hacerlo todo a la vez, prefiero vigilar y ya escribiré cuando termine la Navidad. Tengo que recuperar el tiempo que me hizo perder la señora del ascensor. 
¡Feliz Navidad! Nos leemos el año que viene. 

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