El niño de la piscina

Hay historias tristes como la de El Niño con el Pijama de Rayas, algo más alegres como La Niña de tus Ojos o ésta de El niño de la piscina, que podría estar a mitad de camino. O es posible que sea un drama, una comedia o una historia de superación. Yo os la cuento, y luego ya decidís vosotros mismos. Este post es algo así, como elige tu propia aventura.

Érase una vez en una piscina de un hotel en Estados Unidos. Año dos mil y trece de nuestro señor. Padre e hijo jugando a lanzarse una pelota de plástico de pequeño tamaño. De plástico y de pequeño tamaño, la pelota. No tengo nada en contra de los padres o los hijos de plástico, pero en este caso eran reales. El padre era un americano medio de gran tamaño. Tirando a muy grande, que suele ser la media de los padres de Estados Unidos.

El niño de la piscina, nuestro protagonista, tampoco es de pequeño tamaño. Diríamos que es talla XXL. Imaginad ese actor infantil de las películas americanas. Ese chavalín que no suele ser el más popular, y que probablemente al llegar al Instituto de Sunny Valley, condado de Logan, Illinois, forme parte del club de ajedrez, o del equipo de debate. O quizá, también en el futuro, pueda salir en las noticias de la cadena XNT34 de Wichita, Kansas, tras haberse cargado al resto de compañeros con un rifle de asalto y dos ametralladoras. El típico chiquillo americano.

Pero volvamos a la piscina del hotel norteamericano de los Estados Unidos de América del Norte. Allí estaba el padre del hijo, el hijo, la piscina, Ana, mi pareja, y un servidor. También había más gente, pero no podría daros más datos sobre ellos. Seguramente también eran americanos, pero eso es irrelevante para el tema que nos ocupa. Dejémoslo en que había gente y que la piscina estaba bastante concurrida.

Habíamos dejado al padre y al hijo jugando a lanzarse la pelota. El objetivo del juego en cuestión, consistía en evitar que la pelota cayera al agua. Hasta aquí todo normal. A los americanos les encanta tirarse cosas y que otros las recojan. Entre ambos, hay una distancia de unos tres metros. Tanto el padre como el hijo se encuentran en la zona menos profunda de la piscina. Lo que viene siendo la parte opuesta conocida como “lo hondo”. Esa parte de la piscina a la que a las madres no les gusta que vayas. Al padre le llegaría el agua por la cintura y al hijo más o menos por los hombros. Por los dos hombros.

A simple vista no parece demasiado reseñable que un padre y un hijo jueguen en la piscina lanzándose la pelotita. Y así sería a no ser por un pequeño detalle. O mejor dicho, dos detalles. El primero era que el niño no conseguía su objetivo en ninguna ocasión. Ninguna. En el tiempo que estuvimos viendo al padre y al hijo, no fue capaz de evitar que la pelota cayera al agua. El niño ponía empeño, pero nada.  

Era como ver a alguien intentando bajarse la cremallera con unos guantes de boxeo. Que no es que haya visto yo a mucha gente intentando bajarse la cremallera. Ni con guantes ni sin guantar. Es para que os hagáis una idea, nada más. O como intentar encenderse un cigarro en una playa de Tarifa. Que el chaval, le ponía todo el interés. Pero nada.

El otro hecho reseñable es que el padre no cejaba en el empeño. Que el tío seguía una y otra vez lanzándole la pelota al hijo. Pero es que además le animaba. ¡Muy bien! ¡Otra vez! ¡Increíble! ¡Cada vez mejor! ¡Ánimo! Todo esto se lo decía en inglés. Es lo que tienen los padres norteamericanos de América. Que se suelen comunicar en esa lengua. La explicación que tengo es que el niño no entendiera inglés. O que fuera sordo. Descarto la alternativa de que el niño estuviera algo “piripi”. Eran las 11 de la mañana.

La expectación en la piscina era máxima. Todo el mundo pendiente de los jugadores. La escena se repetía una y otra vez. El padre lanzando la pelota cada vez más despacio y más cerca de su hijo. El niño sin ser capaz de coger una sola vez la pelota. Y el tercer acto era el padre lanzando frases de ánimo. “Ameisin! Oosom! Güeldán! Os la pongo en inglés por si alguno tenéis idiomas. Amazing! Awesome! Well done!

Spoiler alert! El niño estuvo, al menos media hora, jugando con su padre y no fue capaz de coger ni una sola vez la pelota. En mi cabeza me veía yo mismo como los jugadores de Inglaterra corriendo detrás de Maradona intentando alcanzarle.

Nada más lejos de mi intención que burlarme del jovenzuelo. Probablemente ahora sea un cerebrito y haya creado el videojuego más descargado del momento. O sea un experto científico y esté ayudando a la humanidad para librarnos del Coronavirus, de alguna enfermedad neurodegenerativa o del Reguetón.

Mi reflexión va encaminada a la actitud del padre. La naturaleza es muy sabia y creo que es una de las razones por las que no tengo descendencia. Yo me pongo en el lugar del padre y a los 2 minutos de comenzar a jugar hubiera desistido. No le diría en ningún momento que lo está haciendo bien. Ni que hay que seguir intentándolo. Yo creo que ésta sería mi reacción. Y es probable que reaccionara mucho antes de los dos minutos.

Y aquí es donde viene la elección de la propia aventura. ¿Tú que harías? Te doy varias opciones, pero si tienes otra, puedes comentar abajo (donde pone introduce tu comentario).

a.- Le explicarías a tu hijo que no todos tenemos las mismas capacidades y habilidades psicomotrices. Que viene a ser llamarle inútil de forma pedagógica.

b.- Comprarle un libro de cocina, unos cuchillos de plástico, una Thermomix y apuntarle a Masterchef Junior.

c.- Hablarías con tu pareja para ver las posibilidades de tener otro hijo con el que sí puedas jugar a lanzaros la pelota.

d.- Dejar el juego, salir de la piscina, secarte y llorar durante al menos un par de horas.

e.- Esperar a que cayera la noche y que no hubiera nadie en la piscina y abrazar muy fuerte a tu hijo hasta que…

No hace falta que os diga que la última opción es broma ¿No?

Lo que es totalmente en serio es la situación. Os prometo que es una historia real.



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