martes, 5 de noviembre de 2013

Cariño, esto no es lo que parece

Todo es lo que parece, casi siempre. Y si alguien comienza diciendo “Cariño, esto no es…”. No hay más que hablar, es peor que la apariencia. Y además es muy probable que haya pasado más veces. 


De todas maneras, y aunque alguna vez os haya dicho que las apariencias engañan, aquí el margen de error es muy pequeño. Como diría Torrente, esta es Puta y reputa. 

Tengo cierta tendencia a andarme por las ramas (no, chistes de monos o de señores de color, negro, que van a la universidad, no). Os preguntaréis ¿A qué viene todo esto? ¿Nos va a contar alguna infidelidad en el blog?  Si tuviera algo que contar, no creo que fuera el mejor sitio para hacerlo. (¿Os imagináis que Obama empiece a contar todo lo que sabe en su blog? Porque lo sabe. Todo. Y de todos. ¡Toma ya, Angela Merkel!) …

Coño, lo estoy haciendo otra vez. Me meto en jardines y no explico por qué mezclo a Merkel, Torrente y Obama (vaya peli porno más desagradable que iba a salir).


A lo que voy es que hay veces (pocas) que las cosas no son lo que parecen. Y tengo un ejemplo reciente. Algunos de vosotros ya os sabéis la historia, pero es que me gusta recordarla.  

Hace unas semanas tenía unas molestias en la espalda y decidí pedir cita al fisioterapeuta (por cierto, gracias a todos por las recomendaciones).   

Llegué a la clínica 5 minutos antes de la hora señalada. La recepcionista, muy amable, me indica que tome asiento y que en breve me atenderá el fisioterapeuta (pongamos que se llama Andrés).

Cuando llevaba menos de 5 minutos esperando, sale un chico joven con bata. Yo, que soy más listo que el hambre, deduje (sin ayuda de nadie) que probablemente fuera Andrés el fisioterapeuta. Me levanto pensando que me va a llevar a la sala de masajes (o como se llame donde se masajea) y me dice. 

Fisio: - "Bueno. Pues le cuento. Tiene algo cargados los trapecios y vamos a necesitar algunas sesiones más”.

No os puedo describir la cara que se me quedó cuando me lo dijo. La primera impresión fue: ¡Este chico es un crack! ¡Qué nivel! ¡Con una mirada me dice lo que tengo! Me extrañó lo de las sesiones, pero no era cosa de discutirle nada al joven.

Yo: (Una vez que reaccioné)…. Pe, pe... ¡Pero si no me has visto todavía! ¡Y no me duelen los trapecios! (Seguramente no me salió así de fluida la palabra y necesitaría al menos dos intentos para decirlo correctamente.  (Los tarpre… taprecio.. “yo también taprecio”)

Fisio: (Con cara de incredulidad) ¿Pero usted no es el padre de Ruth? 

Ahí es cuando (Andrés el fisioterapeuta y yo) escuchamos una carcajada. Una descojonación en toda regla. La amable recepcionista, que estaba viendo la escena nos sacó de dudas. El padre de Ruth estaba de camino y llegaría en breve. 

Ya me veía volviéndome a casa cargando con una niña… con problemas en los trapecios y sin haber solucionado mi dolor de espalda… Esta es la imagen que se me vino a la cabeza.





Os prometo, que no me he inventado nada. Según estaba Andrés el fisioterapeuta machacándome la espalda, me acordaba y volvía a reírme, pensando en la situación.

Y realmente no era para reírse. No había pensado en que ahora tenía una nueva responsabilidad. Una boca más que alimentar, mi nueva hija… Y con problemas en los trapecios. Y cómo le explico yo a Ana (mi novia) todo esto. Seguramente esperaré a que llegue a casa y cuando vea a una niña subida a un trapecio, le diré: Cariño, esto no es lo que parece…

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