miércoles, 8 de mayo de 2013

Callejeros futboleros

Hace unos meses me preguntaba en un post si me gustaba el fútbol, y definitivamente, me gusta. ¡Ojo! sólo el fútbol, el resto de cosas que le rodean me toca bastante las narices (me parecía demasiado duro poner cojones en el primer párrafo… igual ya es demasiado tarde).

Procuro no leer demasiado sobre los pre-partidos, las predicciones de los periodistas, entrevistas a los entrenadores, al que le depila las cejas a la estrella del partido, el tatuador del portero suplente, el típico reportaje del tío “grillao” que predice que el resultado va ser 3-0, o 4-0 (esto no va con segundas) y casi nunca aciertan. Odio a esos aficionados a la puerta del estadio berreando y animando a su equipo, insultando al contrario y diciendo que el Sporting Real o el F.C. Racing es el mejor del mundo y los otros son lo peor (¿Todo lo tienen que decir a gritos?). Busca a esos mismos al terminar el partido si su equipo ha perdido. Habría que echar al máximo goleador, al masajista y a la taquillera del fondo norte y sobre todo al “álbitro” (siempre lo dicen así). Aunque hay árbitros que también hacen reír. 


El post-partido es incluso peor. Todos saben lo que se debería haber hecho para ganar. Las bromitas en las redes sociales entre aficionados del equipo ganador, los cabreos del equipo perdedor, y todas estas cosas que, dicen, son la salsa del fútbol.  Para mí el fútbol es como un chuletón, un poquito de sal (la justa), pero por favor, no le pongas nada más, y si puede ser, poco hecho.  Sólo me gusta ver el partido. Por eso os voy a contar lo que me gustaba el fútbol cuando sólo se jugaba al fútbol… en la calle.

El esférico o lo que viene siendo lo redondo
Para jugar al fútbol, sólo era necesario que hubiera dos chavales dispuestos a jugar y algo redondo. Mucho mejor con una pelota, y ya era la leche si ésta botaba. Valía una chapa, una bola de papel aluminio, el balón de Nivea, lo que fuera, pero que rodara.  Lo de los balones de reglamento eran sólo el regalo de la comunión, (“¡Pero ¿cómo se te ocurre dar patadas a lo que te ha regalado la abuela o el tío Paco?  El balón no se baja a la calle y punto. ¡Ni por fi, ni por fa! ¿A que te quedas castigado?”). Y ahí te veías con algo redondo en un descampado o en un espacio lo suficientemente grande para dar patadas a la pelota.  Sin líneas, ni porterías, ni marcador electrónico, ni los de Carrusel dando la lata con sus puritos, las pipas Facundo y a Maldini hablando del delantero centro del “Bayer del Domund” o el lateral derecho de la selección de Mali.


El terreno de juego
Bueno, ya tenemos el balón, o la pelota, o lo que sea a lo que vayamos a dar patadas. Pero nos falta el campo. Quizá sea lo menos complicado de todo.  Cualquier terreno valía con tal de que no hubiera muchas cosas por medio. Las porterías podían ser dos piedras, dos jerseys, las carteras del cole o tres rayas de tiza en una pared. Los márgenes del campo se establecían antes o durante el partido y siempre podían modificarse (desde al banco hasta la acera, o al árbol, o hasta ese viejecillo, que total no se va a mover durante un rato). El ancho era muchas veces más largo que el propio largo del campo (algo contradictorio, pero así es y así se lo contamos).


Fichajes de última hora.
Hacía falta los jugadores. Cuatro gatos según la delegada del gobierno o 2 millones según los organizadores. Como no había banquillos (bancos del parque sí, pero no siempre), todos jugaban. Desde un jugador por equipo, hasta doscientos millones, todo vale. Ni siquiera dependía de las dimensiones del campo.

Los fichajes se hacían de una manera distinta a la actualidad, ni cláusulas de rescisión, ni fichajes millonarios, ni nada relacionado con el dinero (en esto cada vez se parece más a la actualidad). Lo mejor era quedar a una hora para echar el partido y echar a pares y nones, o pies, o lo que fuera para elegir los equipos (también podía ser los de claro contra los de oscuro). En algunas ocasiones, el gordito o el de gafas era el primero en ser elegido… Total, iba a ser el portero y no se quejaba demasiado. La mejor manera de fichar a alguien era llamar al telefonillo y decir: “¿Baja el Charly”? Y si bajaba a jugar, ya estaba fichado.  Luego estaban los agentes libres, los que llegaban justo antes o con el partido empezado y decían “¿Puedo jugar?” y casi siempre podía y le fichaban en el equipo en el que menos hubiera o el que ya iba perdiendo.

La equipación
Aquí no había regla establecida. Mientras no fueras descalzo (y el partido no fuera en la playa), cualquier cosa valía. Lo mejor era jugar con las zapatillas que odiabas para que se rompieran antes y … te volvieran a comprar las mismas.  Nada de botas de fútbol, ni “Naik o Ardidas”, en esa época no existían… para nuestras posibilidades.  En cuanto a la zamarra (¡Qué bonita palabra!) tampoco había reglas, lo mejor era que jugaran unos con y otros sin camisa.

El colegiado
Los únicos colegiados eran los que estudiaban… pero árbitros no hacían falta. En caso de duda se preguntaba al vejete que marcaba el final del campo (mencionado anteriormente), pero casi siempre nos poníamos de acuerdo. Era falta cuando había sangre o alguno lloraba. Como lo de llorar era de nenazas, ninguno caía en la tentación, aunque te hubieran partido tibia y peroné. Las espinilleras tampoco estaban bien vistas (se aplicaba la regla de nenazas). Además, ¿Para qué necesitaríamos árbitros?  ¿Para que hagan esto?


Las reglas
En la imagen podéis ver algunas de ellas (creo que es versión argentina), aunque en cada barrio se jugaba de una manera. Y las reglas que valían al principio del partido, podían modificarse.

Faltarían algunas, como por ejemplo que al chupón se le puede dar más fuerte para que suelte el balón, el saque de banda (si es que alguna vez sale de banda. Recordad que el campo era más ancho que largo el de Oliver y Benji) lo efectúa el que coge el balón independientemente del equipo que sea y la más importante, no vale empotrar (o tirar a trallón).


¿Ya se ha acabado?
En este tipo de partidos no había descanso, ni cambio de campo, a no ser que llegaran los mayores y te hicieran cambiar de campo literalmente y buscarte otro sitio para jugar. Podía haber una ligera pausa y era cuando tu madre te llamaba a merendar, y volvías al terreno de juego con el bocata en la mano. Pero lo de los 90 minutos no se cumplía casi nunca. Como dicen las reglas de arriba, era cuando la madre del dueño del balón decía que había que ir a cenar, pero también estaba la variante del resultado. Venga, un gol más y se acaba, el que primero llegue a 100, o que había que ganar por 2 goles por diferencia.

Pero todo esto está cambiando, ahora los niños juegan en césped artificial y en vez de intentar meter gol, se dedican a imitar los gestos de las estrellas (algunos se depilan también las cejas), protestan todas las jugadas porque juegan con árbitro, se tiran para que les piten penalti (probad a hacerlo en cemento si tenéis “güevos”), o directamente juegan a la “pleistaision” o la “Equisbos” o en la “noentiendo”. Y no es ni mejor ni peor (si no están los padres de los implicados), es diferente y ya no es fútbol en la calle. 

4 comentarios:

  1. ..." a los 30 ya no hay trallón", jajajajajaja!"

    Genial Javi.

    @josemi

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  2. Sencillamente genial, así tenía que ser la blogosphera entera y no tanto techcrunch, mashable y tanta leche.

    Nosotros jugábamos en el patio del colegio, con porterías y líneas pintadas..... y aun así aplicábamos las normas de los fueras de banda (TODO el patio vale) y cosas por el estilo. Y el campo de cemento es elr eglamentario, con sus agujeros y grietas, ¿no?

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