miércoles, 29 de mayo de 2013

Horror en el Supermercado

Con el título no me refiero a las cajeras y cajeros del Día (bastante tienen con lo suyo y su, de sobra conocidos por todos, buen humor y amabilidad), sino a la sensación que tuve el otro día al hacer la compra. ¡Me habían cambiado por completo la distribución de todos los productos en el Supermercado.  Yo que siempre hago el mismo recorrido (da igual lo que necesite) para que no se me olvide lo que debo comprar.  Ya nada era lo mismo. Mi vida no tenía sentido. Me sentía más perdido que “Charton Jeston” al final de El Planeta de los Simios.  ¿Dónde están los “yugures”? ¿”Ande” andan los embutidos!


Pensaréis que estoy exagerando, y lleváis razón, pero hay que darle un poco de emoción a la cosa. Estaban remodelando el centro al que suelo ir a comprar. Permitidme que obvie el nombre del supermercado para no hacerles publicidad gratis, pero es un sitio que cada vez que lo decimos, los gabachos se descojonan por nuestra pronunciación. Amigos franceses, el nombre se lo habéis puesto nada más que para joder a los españoles. No sabéis pronunciar la erre y ¡Toma le metéis tres al nombre del establecimiento en cuestión! Tratad de decir Parra tenía una perra. Guerra tenía una parra. La perra de Parra subió... ya verás que risas nos echamos nosotros.

¿Os acordáis de cuando el único Súper que existía era el de Mortadelo y Filemón? Ese señor con bigote, primo de Vicente del Bosque, que en casi todas las historietas terminaba corriendo detrás de ellos, mientras Mortadelo decía “Calle y corra jefe”. Por cierto, trabajando juntos durante tantos años y aún se siguen tratando de usted.


A lo que iba, que antes no había supermercados.  Había tiendas en las que encontrabas casi de todo. ¿Necesitabas una lata de tomate frito? ¿Se acabó el Mimosín? Pues ahí estaba Angelines (la dueña de la tienda de debajo de casa). Era como los chinos de ahora pero con más maquillaje y a ella se la entendía cuando hablaba. Eso sí, no abría a todas horas, ni tenía esas cosas tan útiles como banderas de España con el toro, disfraces de princesa, pipas con sal, pipas sin sal, sal sin pipas (vamos, cosas imprescindibles para el día a día). 


En aquellas tiendas de ultramarinos (¡Qué nombre tan bonito a la par que embustero! Ya me dirás que tiene una lata de espárragos de Tudela o aceitunas de Campo Real de ultramar. Si estuviéramos hablando de sardinas, todavía…) podías comprar de casi todo, menos pan, leche, el periódico, carne… (vamos que no comprabas más que tontás para picar).

Primero llegaron los holandeses con sus Spar (lo he tenido que mirar en la Wikipedia porque creía que eran alemanes y ya iba a echarle la culpa a la Merkel), en el que había casi de todo y no tenías que ir de tienda en tienda para hacer la compra.  Allí ya se podían comprar más cosas que en las tiendas de Ultramarinos. No voy a entrar si era más o menos romántico ir al mercado y pasar por 200 sitios y comprar los ingredientes para hacer una fabada (como si supiera hacer tal cosa). Comprabas el tocino en la charcutería, la verdura en la verdulería, el chorizo en la choricería y las fabes (¿Dónde cojones se compraban las fabes?). Ahora vas a cualquier tienda, compras una lata de Litoral y en 5 minutos tienes una fabada…. mucho peor que la que hace una madre, pero es lo que hay.  Aunque la abuela del anuncio diga que es natural. 


Después llegaron los franceses con sus “Carrefoures” (ya se me ha escapado el nombre), y sus Alcampos, y nosotros, un poco más tarde con el Mercadona, El Corte Inglés, Eroski y otros (como no me va a pagar ninguno, espero que no se cabreen el resto, y además, seguro que los nombraría mal porque no me apetece seguir mirando en la Wiki).  El que más gracia me hace es el Ahorramás, al que mi tío, siempre llama Pagamenos (como véis la tontería es cosa de familia).  No os pongáis muy pijos con el orden en que llegaron los supermercados, es como yo lo recuerdo en mi barrio, y seguramente en otros sitios fue distinto. Y por último los chinos, que no han inventado nada más que la pólvora y lo hicieron para hacer fuegos artificiales (tan románticos ellos), que nos han traído de nuevo los ultramarinos de toda la vida, pero en los que venden hasta a la señora del anuncio de la Fabada Litoral.

En todos los supermercados, hay un orden, el que ellos quieran, pero un orden. Hay gente “mu lista” que estudia como colocar los productos para que se compren más unas cosas que otras, pero en mi Carrefour me han jodido y ya no encuentro nada (debía ser que los primeros que colocaron las cosas no eran muy listos o han cambiado de opinión los listos que ordenaban los productos).  Os prometo que di más vueltas que un político explicando la subida de impuestos   Eso sí, la Coca Cola en el mismo sitio de siempre (producto de primera necesidad). Los yogures ya no saben dónde colocarlos desde que el ministro Arias Cañete dice que nos los podemos comer cuando a él le salga de los huevos.  


Ayer volví de nuevo al mismo supermercado; no aprenderé nunca, y seguí el nuevo orden para hacer la compra. Y… me vuelven a faltar cosas y por más que pregunté a los amables cajeros (por los cojones), me volví triste y compungido a mi chino de confianza (ninguno) para encontrar lo que me faltaba. Como decía Trillo “¡Manda huevos!”, que por cierto, los chinos los tienen más baratos (y no valen bromas con el tamaño).

miércoles, 22 de mayo de 2013

Eurorisión 2013

Tengo que confesar que nunca he sido un fan de Eurovisión. Total, no es más que un montón de gente cantando en diferentes idiomas y luego unos señores nombrando países y dando votos… a otros países (a España no le votan ni los Españoles por el Mundo). Entiendo que haya gente que le guste y a veces, hasta me lo he tragado entero (no nos quedaba otra hace unos años).


Aunque pensándolo fríamente, no es tan diferente a Operación Triunfo aunque resumido (tampoco es mi programa preferido). Todo en 3 horas y picadito, en vez de tragarte mil programas para que al final no gane el que tú quieres (Es un decir. Me da bastante igual quién gane).  En OT también había algunos extranjeros, o yo al menos, no pillaba lo que decían. ¿O tú entendías a Rosa de España cuando hablaba?  ¿Qué quiere decir Poyeya?  Luego venía la parte de los votos, aunque en Eurovisión no les ponen a parir en directo (ya lo hace más gente por Twitter) y más tarde el tema de los votos a través del teléfono, SMS o enviando un fax (esto no lo tengo muy claro…). La diferencia es que en OT no votan los de “Guayominí”, ni “Paibá” o “Litalí” (sí amiguitos, aquí todavía hablan en francés… cada vez menos, para desesperación del país vecino).  




En mis años mozos (sí, ya había televisión aunque no tenía más colores que el blanco y el negro), no había demasiada opción.  Era o el Festival de Eurovisión o la carta de ajuste en el “guacheefe”. Había sólo dos cadenas y era todo un acontecimiento ver a Massiel (sin haber bebido) y a Salomé (el nombre se las trae, aunque sea artístico) ganar, a Mocedades...  En el tema de estos señores tengo que hacer un inciso. ¿Para cuándo una investigación por parte del Follonero?  Eso sí que es enchufismo, todos familia y contratados a dedo ¡Escándalo! También podíamos ver a José Vélez (el hombre con más dientes por metro cuadrado)… No me pidáis que siga porque no me acuerdo de muchos más.  No tenéis más que recordar los programas de Nochevieja de Martes y 13 en los que se repasaba todos los años, a los participantes.

También estaban los pronósticos de José Luis Uribarri: “Aquí llegan los 12 puntos de Grecia”, “El cariño a nuestra compatriota, la Reina Fabiola, siempre nos da bastantes votos entre los belgas” y nos explicaba la vida y milagros del cantante o la cantanta de cada uno de los países en cuestión. Ríete tú de la bruja Lola. Este hombre sabía quién iba a votar a cada canción dos años antes del festival.

Así fueron pasando los años y España seguía sin ganar.  Era como cuándo íbamos a los Mundiales de Fútbol. Sabías que no ibas a ganar, la cuestión era no quedar demasiado mal. Después llegó Operación Triunfo y la participación de Rosa de España con “Yurops livin a selebreison” y la gente volvió a engancharse (seguramente había gente que lo veía antes, pero en mi caso no me enteraba ni de quién había ido hasta que no salía en el telediario que habíamos quedado décimos… en el mejor de los casos).  Después Rodolfo Chikilicuatre (ya que perdemos, al menos hacer el ridículo del todo)… y luego llegó Twitter. 


Este año me dispuse a verlo (realmente no tenía mucho que hacer el sábado) pero con un aliciente nuevo. Seguirlo al mismo tiempo por Twitter.  Hay verdaderos cracks que son capaces de sacar punta a la Torre Eiffel. El concurso por sí, no me interesaba mucho, pero quería saber de qué se estaba riendo buena parte de la gente que sigo en la red social y ya de paso, ver el “pograma”.

Este año lo presentaba José María Iñigo, que sinceramente, no se le veía demasiado entusiasmado con el concurso y por si no os habíais enterado y ardéis en deseos de saber el resultado, España no ganó, pero quedamos entre los 26 primeros.  Concretamente los 25… de 26.  Tengo una teoría para explicar los malos resultados de España en el festival de Eurovisión. Según están las cosas, quién es el guapo que gana y organiza el festival. Porque más que un premio es una putada, el ganador tiene que ser el anfitrión del año siguiente. Por eso en España llevan a los que llevan, para que no haya ninguna oportunidad. Si nos tocara preparar el festival, les llevamos a todos a un tablao flamenco con dos jarras de sangría y santas pascuas plín.

Y es que este año no nos votó ni Grecia, ni Bélgica, ni siquiera los dos que siempre nos daban votos: Portugal (debe ser en agradecimiento por aguantarles a Mourinho durante 3 años) y Andorra (y eso que el tabaco ya no está tan barato), no participaban.  Sólo conseguimos 8 puntos, 6 de Albania (¿Qué les habremos hecho a los pobres?) y 2 de Italia (gracias Rafaella).

Pero a lo que iba.  Este año me he pasado buena parte del concurso viendo los comentarios a través de Twitter y, a veces levantando la cabeza para ver quién cantaba. Se celebró en Suecia (habría que ver las instrucciones de montaje del escenario con los tornillos "Sejúnten" y las plataformas "Röbusten") y como en los Juegos Olímpicos, también se inventaron países, Moldavia, Georgia, Azerbaijan….

Por España participaba una niña que grita y dos a su lado sin peinar (chicos, que estáis en la tele, ¿no os podías haber pasado el cepillo por lo menos?).  El sueño del efecto Van Gogh, o algo similar.  Otra chica que está empezando en esto, Bonnie Tyler, cantaba por “Guayominí”.  Los del resto de países, no los conocía, pero me pasé muy buenos ratos (echando pan a los patos) viendo los comentarios que había por Twitter. Aquí os dejo unos cuantos propios y ajenos.  También os cuento el final, por si queréis saber quién ganó… una chica “dinamarquesa”.

Los de España nada más terminar la actuación pidieron perdón. ¿Cómo se te ocurre salir con un vestido amarillo y descalza. Todavía andan buscando al mamón que le robó los zapatos a la cantanta.


El de Islandia parecía un heavy en una boda, o un personaje de Juego de Tronos cantando una bella melodía.  Kántarin, hijo de Kantáutor, nieto de Kantor.

A la Ucraniana naniana, la llevó en brazos Hodor, el de Juego de Tronos (tengo fijación). 



La de Alemania era la prima “delgada” de Merkel y el nombrecito ya daba pistas de que ya no era una niña, Cascada.

El italiano, tan moderno él, con su traje, cantando en su idioma, no como la mayoría de los participantes que lo hacían en inglés.  Excepción de Francia (por supuesto) y otros cuantos como nosotros. Pero se le olvidó quitarse el hurón que llevaba en lo alto de la cabeza.



Los de Hungría mandaron al creativo de publicidad.  Postureo húngaro le llaman.

El de Rumanía era para echarle de comer aparte. El “Dracugayer”. Una mezcla entre Tino Casal y Mónica Naranjo. Seguro que el que estaba debajo del traje apretándole los testículos se lo pasó en grande durante los dos minutos que duró la canción. Me gusta para novio de las hijas de Zapatero.  

Y después de un señor con voz de mujer, salió una mujer con voz de hombre.  ¿No venden Ricola u otro tipo de caramelos para la tos en Inglaterra? Mirad que pose tan flamenca.  ¡Ni María Jiménez y su lista de la compra!

Lo de Azerbaijan y el pollo dentro de la urna sí que tenía mérito. Al final, no necesitó respiración asistida a pesar de la actuación. Y la chica, en vez de ayudarle, dando brincos por el escenario. Todavía están intentando abrir la caja.

Los griegos sí que molaron. Alcohol is free!  Cómo se enteren en Europa que en Grecia no se paga por mamarse, les va a rescatar Rita.  Tuvieron un detalle dejando salir al abuelo para ganarse unas perras y de paso cambie la “feberguitarra” con la que salió al escenario. Dentro vídeo.


Los de Malta salieron todos a cantar.  Ahí estaba todo el país entero en el escenario. En la imagen el cantante y sus colegas en un banco.  ¡Muy bien traído señores malteses!


A ver si el año que viene también perdemos, y no nos toca organizar nada. No está para gastar dinero y traernos a un montón de jovenzuelos dando gritos con banderitas y llenando las calles… ¿O eso ya lo hemos hecho cuando vino el Papa y nos "baratísimo"?

miércoles, 15 de mayo de 2013

Las listas y las tontas

Para los que no sois de Madrid deciros que hoy (15 de mayo) es el patrón de la ciudad. Ya os dije en uno de los post en el que hablaba sobre San Patricio que San Isidro, era un santo que, digamos, no es un buen ejemplo. Los ángeles y los bueyes araban mientras él se quedaba frito o rezaba. No le veo yo mucho milagro al asunto. Es como el gobierno, todos curran o intentan trabajar, y ellos nos dicen que debemos ser pacientes o rezar para que las cosas vayan mejor.


Pero no os voy a enfadar con las cosas que hace o no el gobierno, éste o los anteriores, y tampoco contaré nada sobre San Isidro, aunque el título así lo parezca. Lo de las listas y las tontas no tiene nada que ver con que sean las rosquillas típicas que se hacen en Madrid durante la festividad del santo. Curiosa tradición. Para celebrar algo tenemos que acompañarlo con comida. Roscón de Reyes, huesos de Santo, buñuelos, torrijas, jugo de zarzaparrilla (que bonita palabra), lo que sea; pero hay que comer o beber, y si es posible mucho, y todo a la vez. Y siempre habrá un reportaje en la tele para explicarte cuántos kilos de lo que sea se necesitan para hacer la receta para mil personas (muy práctico si tenemos invitados en casa), entrevista con un experto buñolero o torrijero, el político bailando con una señora mayor, y un jubilado comiendo a dos carrillos y demostrar que la tradición sigue viva.


Aunque lo parezca, no os voy a hablar de lo que tenéis que comer, ni de qué están hechas las rosquillas, ni siquiera sobre San Isidro o Madrid.  El título va más por lo de las listas. Porque vamos a ver. ¿Cuantas veces al día en la tele, radio, periódicos, páginas web, anuncios…nos aconsejan seguir unas instrucciones?  Las 10 mejores páginas web, los 3 consejos para ser feliz, las 5 playas más limpias, los 20 restaurantes mejores del mundo, los 10 hombres más macizos de Albacete… Todo son listas, consejos y recomendaciones sobre qué tienes que ver, leer, comer… ¿No estáis un poco hartos?

Yo sí. Y esto creo que tienen la culpa los americanos (Parezco un Castrista cualquiera). Quizá no tengan toda la culpa, pero sí que es verdad que es muy anglosajón lo de las listas o como ellos dicen los tops.  No hay ciudad o pueblo o barrio, o país que no sea el mejor en algo. Y si no tienen nada, se lo inventan. La ciudad con la torre más alta, el barrio con más semáforos del mundo, el señor con el bigote blanco más largo o el pueblo con los melones más gordos (que cada uno se imagine lo que quiera)… Y así con todo. Internet está lleno de listas sobre cualquier cosa, los mejores programas de la tele, los libros más vendidos, la música más descargada, las 10 personas a las que te gustaría abrazar, a las que más les huelen los pies, las peores ciudades para vivir. Incluso hay una lista de las maneras más tontas de morir (no creo que al que se muera le haga ni puta gracia). 


El cine no se libra de esto, y como es algo que me gusta mucho, pues vamos a hablar de ello, poco, para no cansaros en un día de fiesta. Hay listas para elegir la mejor película muda, la de mejor banda sonora, la más divertida, la más larga, la más corta (para los que os habéis incorporado más tarde, seguimos hablando de películas), la película francesa con más miradas al infinito por minuto, la más ñoña… 

Nunca he sido muy amigo de este tipo de listas, ya que habría que ver todas las películas del mundo de todos los tiempos para que esto fuera cierto, y aun así, dependería de los gustos. Os prometo que hay gente que tiene como película favorita alguna de Stallone, Titanic (en la que sabes cómo va a terminar antes de que empiece) o moñadas como “Crepugculo” (es que así lo decimos los madrileños).


A pesar de que no me gustan las listas, todos las hemos hecho, incluso los que no creemos que sirvan para mucho. Hay una película, High Fidelity, que es el ejemplo perfecto de listas. 


Como os iba diciendo, yo también hice hace tiempo la lista de mis 20 películas favoritas. Ni siquiera tiene el orden real, y la hice en un momento determinado, sin tomarme demasiado tiempo en pensarla, pero sí que sirve como ejercicio para saber qué tipo de películas te llenan más o menos (nunca meteré una de “Yancló Bandam” o “Estiben Sigal”). Muchas sí son mis preferidas, pero no todas son las que más me han gustado, ya que como os decía antes, depende de cuándo hagas esa lista, qué recuerdos tengas de la película, tu estado de ánimo, si en ella sale tu actor o actriz preferida, de tu memoria en ese momento, y de un montón de variables.  Con ustedes mis 20 películas.


  1. El Padrino (I, II y III)
  2. La Guerra de las galaxias
  3. Ciudadano Kane
  4. El Gran Dictador
  5. Kill Bill
  6. La princesa Prometida
  7. Un lugar en el Mundo
  8. Nueve Reinas
  9. Amanece que no es poco
  10. La venganza de Don Mendo
  11. Psicosis
  12. Poltergeist
  13. Uno de los nuestros
  14. El cazador
  15. El Precio del Poder
  16. Indiana Jones y el Templo Maldito
  17. Ben-Hur
  18. Cantando bajo la lluvia
  19. High Fidelity
  20. Pulp Fiction
Volviendo a ver la lista, se me ocurren otras 20 que podrían entrar, pero estoy un poco perezoso y prefiero que este post sea algo más interactivo y le deis vueltas a la cabeza (como la niña del exorcista).

Sólo recordé dos películas españolas, y otras dos argentinas. Las otras 16 son americanas, y muchas de ellas sobre la mafia o aventuras.  Si hay algún psiquiatra o psicólogo en la sala, prefiero que no me evalúe por mis gustos sobre el cine. No quiero que  me diga que tengo un desequilibrio (eso ya lo sé yo) o que puedo tener impulsos asesinos (no mato ni marcianitos en los videojuegos).

¿Os animáis a hacer vuestra propia lista? De las tontas no os preocupéis, que ya las colocan como Ministras.   

miércoles, 8 de mayo de 2013

Callejeros futboleros

Hace unos meses me preguntaba en un post si me gustaba el fútbol, y definitivamente, me gusta. ¡Ojo! sólo el fútbol, el resto de cosas que le rodean me toca bastante las narices (me parecía demasiado duro poner cojones en el primer párrafo… igual ya es demasiado tarde).

Procuro no leer demasiado sobre los pre-partidos, las predicciones de los periodistas, entrevistas a los entrenadores, al que le depila las cejas a la estrella del partido, el tatuador del portero suplente, el típico reportaje del tío “grillao” que predice que el resultado va ser 3-0, o 4-0 (esto no va con segundas) y casi nunca aciertan. Odio a esos aficionados a la puerta del estadio berreando y animando a su equipo, insultando al contrario y diciendo que el Sporting Real o el F.C. Racing es el mejor del mundo y los otros son lo peor (¿Todo lo tienen que decir a gritos?). Busca a esos mismos al terminar el partido si su equipo ha perdido. Habría que echar al máximo goleador, al masajista y a la taquillera del fondo norte y sobre todo al “álbitro” (siempre lo dicen así). Aunque hay árbitros que también hacen reír. 


El post-partido es incluso peor. Todos saben lo que se debería haber hecho para ganar. Las bromitas en las redes sociales entre aficionados del equipo ganador, los cabreos del equipo perdedor, y todas estas cosas que, dicen, son la salsa del fútbol.  Para mí el fútbol es como un chuletón, un poquito de sal (la justa), pero por favor, no le pongas nada más, y si puede ser, poco hecho.  Sólo me gusta ver el partido. Por eso os voy a contar lo que me gustaba el fútbol cuando sólo se jugaba al fútbol… en la calle.

El esférico o lo que viene siendo lo redondo
Para jugar al fútbol, sólo era necesario que hubiera dos chavales dispuestos a jugar y algo redondo. Mucho mejor con una pelota, y ya era la leche si ésta botaba. Valía una chapa, una bola de papel aluminio, el balón de Nivea, lo que fuera, pero que rodara.  Lo de los balones de reglamento eran sólo el regalo de la comunión, (“¡Pero ¿cómo se te ocurre dar patadas a lo que te ha regalado la abuela o el tío Paco?  El balón no se baja a la calle y punto. ¡Ni por fi, ni por fa! ¿A que te quedas castigado?”). Y ahí te veías con algo redondo en un descampado o en un espacio lo suficientemente grande para dar patadas a la pelota.  Sin líneas, ni porterías, ni marcador electrónico, ni los de Carrusel dando la lata con sus puritos, las pipas Facundo y a Maldini hablando del delantero centro del “Bayer del Domund” o el lateral derecho de la selección de Mali.


El terreno de juego
Bueno, ya tenemos el balón, o la pelota, o lo que sea a lo que vayamos a dar patadas. Pero nos falta el campo. Quizá sea lo menos complicado de todo.  Cualquier terreno valía con tal de que no hubiera muchas cosas por medio. Las porterías podían ser dos piedras, dos jerseys, las carteras del cole o tres rayas de tiza en una pared. Los márgenes del campo se establecían antes o durante el partido y siempre podían modificarse (desde al banco hasta la acera, o al árbol, o hasta ese viejecillo, que total no se va a mover durante un rato). El ancho era muchas veces más largo que el propio largo del campo (algo contradictorio, pero así es y así se lo contamos).


Fichajes de última hora.
Hacía falta los jugadores. Cuatro gatos según la delegada del gobierno o 2 millones según los organizadores. Como no había banquillos (bancos del parque sí, pero no siempre), todos jugaban. Desde un jugador por equipo, hasta doscientos millones, todo vale. Ni siquiera dependía de las dimensiones del campo.

Los fichajes se hacían de una manera distinta a la actualidad, ni cláusulas de rescisión, ni fichajes millonarios, ni nada relacionado con el dinero (en esto cada vez se parece más a la actualidad). Lo mejor era quedar a una hora para echar el partido y echar a pares y nones, o pies, o lo que fuera para elegir los equipos (también podía ser los de claro contra los de oscuro). En algunas ocasiones, el gordito o el de gafas era el primero en ser elegido… Total, iba a ser el portero y no se quejaba demasiado. La mejor manera de fichar a alguien era llamar al telefonillo y decir: “¿Baja el Charly”? Y si bajaba a jugar, ya estaba fichado.  Luego estaban los agentes libres, los que llegaban justo antes o con el partido empezado y decían “¿Puedo jugar?” y casi siempre podía y le fichaban en el equipo en el que menos hubiera o el que ya iba perdiendo.

La equipación
Aquí no había regla establecida. Mientras no fueras descalzo (y el partido no fuera en la playa), cualquier cosa valía. Lo mejor era jugar con las zapatillas que odiabas para que se rompieran antes y … te volvieran a comprar las mismas.  Nada de botas de fútbol, ni “Naik o Ardidas”, en esa época no existían… para nuestras posibilidades.  En cuanto a la zamarra (¡Qué bonita palabra!) tampoco había reglas, lo mejor era que jugaran unos con y otros sin camisa.

El colegiado
Los únicos colegiados eran los que estudiaban… pero árbitros no hacían falta. En caso de duda se preguntaba al vejete que marcaba el final del campo (mencionado anteriormente), pero casi siempre nos poníamos de acuerdo. Era falta cuando había sangre o alguno lloraba. Como lo de llorar era de nenazas, ninguno caía en la tentación, aunque te hubieran partido tibia y peroné. Las espinilleras tampoco estaban bien vistas (se aplicaba la regla de nenazas). Además, ¿Para qué necesitaríamos árbitros?  ¿Para que hagan esto?


Las reglas
En la imagen podéis ver algunas de ellas (creo que es versión argentina), aunque en cada barrio se jugaba de una manera. Y las reglas que valían al principio del partido, podían modificarse.

Faltarían algunas, como por ejemplo que al chupón se le puede dar más fuerte para que suelte el balón, el saque de banda (si es que alguna vez sale de banda. Recordad que el campo era más ancho que largo el de Oliver y Benji) lo efectúa el que coge el balón independientemente del equipo que sea y la más importante, no vale empotrar (o tirar a trallón).


¿Ya se ha acabado?
En este tipo de partidos no había descanso, ni cambio de campo, a no ser que llegaran los mayores y te hicieran cambiar de campo literalmente y buscarte otro sitio para jugar. Podía haber una ligera pausa y era cuando tu madre te llamaba a merendar, y volvías al terreno de juego con el bocata en la mano. Pero lo de los 90 minutos no se cumplía casi nunca. Como dicen las reglas de arriba, era cuando la madre del dueño del balón decía que había que ir a cenar, pero también estaba la variante del resultado. Venga, un gol más y se acaba, el que primero llegue a 100, o que había que ganar por 2 goles por diferencia.

Pero todo esto está cambiando, ahora los niños juegan en césped artificial y en vez de intentar meter gol, se dedican a imitar los gestos de las estrellas (algunos se depilan también las cejas), protestan todas las jugadas porque juegan con árbitro, se tiran para que les piten penalti (probad a hacerlo en cemento si tenéis “güevos”), o directamente juegan a la “pleistaision” o la “Equisbos” o en la “noentiendo”. Y no es ni mejor ni peor (si no están los padres de los implicados), es diferente y ya no es fútbol en la calle. 

miércoles, 1 de mayo de 2013

Suspiros de España

Para algunos jovenzuelos, el título del post de esta semana les sonará más a un nombre de colonia viejuna o a alguna película de esas en blanco en negro en las que salía Lola Flores, Carmen Sevilla o Paco Martínez Soria (espero que no penséis que estaban todos juntos ¡Qué horror!). 

Pues bien, Suspiros de España es un pasodoble (para seguir con cosas con solera) que simboliza la nostalgia del país perdido y me sirve para contaros la segunda parte del post de la semana pasada en el que os decía que el extranjero ya no es lo que era.  

Os dejo la versión de Suspiros de España por Diego El Cigala. Que guapo guapo no es, pero cantar se le da bien. 

Pero no siempre fue así. Hace unos años, sí que había diferencias y el extranjero estaba lejos (creo que siguen sin haberlo cambiado de sitio), pero todo era distinto. También había españoles por el mundo, madrileños por el mundo, toledanos por Murcia…(y todas las variantes de un mismo programa). Pero no eran tan guays como los de ahora. No todos eran ingenieros, futbolistas, diseñadores web, ilustradores gráficos (gafapastas y futbolistas, para resumir), que estaban forrados de dinero y te enseñaban su casoplón, a sus niños tan rubios y guapos  y tampoco te contaban lo bien que se vivía fuera de España. Los que salían fuera trabajaban en lo que podían. Eran camareros, carpinteros, empleadas del hogar, trabajadores de la construcción (vamos, que ahora también hay de éstos, pero no salen tanto en la tele).

Tampoco me voy a remontar a los tiempos de la postguerra. En la época de las que os voy a hablar ya había cine en color, televisión (con pocos canales), teléfonos móviles (caros y sólo servían para hablar por teléfono y mandar SMS), vídeos (vale, eran Beta, pero había), faxes (¿quién utiliza el fax ahora?) y otros muchos adelantos de la técnica. Aunque había Internet, no estaba tan extendido como ahora. 


Sí amiguitos, hubo un tiempo en el que no había Internet, y la gente hablaba por teléfono e incluso en persona. Y en el extranjero además, había una dificultad añadida. Había que hablar en otro idioma, y ya sabemos la dificultad que tenemos los españoles para expresarnos… incluso en español.  Allá vamos con las diferencias.

El viaje
Es lo que tiene el extranjero, que hay que salir de España para llegar y utilizar un medio de transporte. Casi siempre en avión, ese gran desconocido (ahora hay gente que no sabe lo que es el metro y ya se ha dado unos cuantos viajes en avión). Y lo billetes se compraban en ¡Agencias de viajes!  No podías hacerlo a través de una “güeb”. ¡Tenías que hablar con una persona y casi siempre costaba una pasta el vuelo! No, no había tantas alternativas.

Una vez allí, había que montar en el metro, o en un autobús o en tranvía (¡qué atrasados estaban en el extranjero!). Ahí estabas tú, en Milwaukee, Wisconsin (tengo fijación con este estado) con tu cara de pringado español (que tampoco es que haya cambiado mucho, ahora eres pringado español más mayor) y tenías que preguntar… y claro, ellos respondían. Tu habías estudiado la pregunta y la habías repetido mil veces para decirla con tu mejor acento. Pero claro, en el extranjero tienen la costumbre de contestar (¿no les habrán dicho sus madres que no se contesta?), y no siempre se entiende lo que dicen. Ahora vas hasta con el billete de metro, autobús “u” lo que sea en lo que te vas a montar, de la ciudad que vayas a visitar. Sabes los horarios (que a pesar de ser el extranjero, no siempre se cumplen), y si va a conducir Klaus, el conductor de tranvía o tiene el día libre para estar con Brigitte y los niños.

Ya he llegado
Ahora pones un mensaje de texto al móvil, un “guasap”, les cuentas a tus padres a través de Facebook que estás bien, les llamas por Skype, pones un Tweet, subes una foto en Instagram… ¿pero antes?  Tenías que buscar una cabina (sí, hombre, donde se pone los gayumbos por encima del traje Superman) y llamar. La mejor opción era a cobro divertido (porque siempre paga el otro).  O te aprendías las mañas para llamar más barato… “Si echas 20 peniques con la mano izquierda, muy rápido y haciendo el pino, la llamada dura más…” “introduce una moneda de la República del Congo, pero con un gorro de lana puesto y cuando suene un pitido, dale al botón asterisco y te devuelve…” Nada funcionaba, pero tú lo intentabas.

¿Seguimos hablando?
Como no todo el mundo está dispuesto a aceptar la llamada a cobro revertido, no quedaba otra que comunicarte a través de epístolas (con lo fácil que hubiera sido decir cartas, pero es que me gusta esta palabra). ¡Qué alegría recibir una carta!  Ahora sólo me escribe el banco y El Corte Inglés para felicitarme en mi cumpleaños. Leías, releías, y te aprendías el contenido de la carta como si te fuera a entrar en el examen de física cuántica. Por supuesto, tú también tenías que escribir, y el contenido dependía de a quién fuera dirigido.  A los amigos les contabas lo bien que te lo estabas pasando, si habías pillado cacho, las cervezas que te tomabas y los garitos en los que habías estado. A tus padres les contabas que todo iba bien (sin muchos más detalles), que andabas jodido de pasta y terminabas con la crónica meteorológica (ya sabéis que a los padres les gusta mucho saber el tiempo que hace). En los sobres en los que metías las cartas había que poner la foto de un señor o una señora (que suele ser el que manda en el país o alguien famoso), chuparle el cuello y meterlo en un buzón (sello, dicen que se llama).

¿Qué ha pasado por España?
Ahora da igual dónde estés, gracias a Internet puedes leer todos los periódicos de España (según el que leas, España va bien o no). Antes, las noticias te llegaban a través de las cartas, de las llamadas a tus padres… y poco más.  Había periódicos españoles pero llegaban con varios días de retraso (en las grandes capitales tardaba un día, pero no era plan de hacerme 200 kilómetros para comprar El País). Al menos donde yo estaba no se podía “sintocinar” ninguna radio española. En los periódicos guiris, no había muchas noticias sobre España… ahora tampoco. Eso sí, los resultados de fútbol siempre están presentes. Recuerdo que en la época de la que os habló coincidió la muerte de Lola Flores y a la semana siguiente de Antonio Flores. A la tercera semana, estaba acojonado por saber si la próxima en caer sería Sarandonga o la del gato que hacía Uyuyuyuy.

¿Otra vez un sándwich?
¿Qué es lo que más echa de menos un español por el mundo?  ¿A su madre? ¿A los amigos?  ¡Los cojones! Echan de menos la comida. Mamá, papá, hermana, yo os echaba de menos a vosotros, lo que pasa es que el resto son malas personas. Pero también hubiera matado por un plato de lentejas (de pequeño lloraba cada vez que me las ponían).  No era fácil encontrar comida decente en Inglaterra, ya no digo española, sino algo que se pudiera comer. Ahora todo es distinto, pero en aquella época, cuando llegaba alguien de España y traía jamón, lomo o incluso pipas, era como se nos hubiera tocado la lotería. Recuerdo una vez que los españoles intentamos hacer una paella. Arroz, había. ¿Qué más se echa a la paella? Conejo (allí es como zamparte un chihuahua), pollo (allí los vendían enteros), aceite de oliva (era más barato comprarte un Jaguar con chófer incluido)… Total, que comimos arroz blanco porque no había colorante o lo que se le eche al arroz, en ningún sitio y no era plan de pintar los granos de amarillo. Volví hecho un figurín después de un año comiendo guarrerías.


¿Vamos al cine?
En eso sí que estaban avanzados en el extranjero. Todas las películas en versión original, con un pequeño fallo, no había subtítulos. Las primeras veces que fui al cine, no tenía muy claro si hablaban en checo, en eslovaco, o en las dos cosas juntas. No pillaba ni los títulos de crédito. Volvías a España contando que tú ya habías visto películas que aún no se habían estrenado en España. Digo que las habías visto, porque era eso, las había visto, pero no sabías qué habían dicho. En España estrenaban Rocky y tú ya ibas por Rocky VII (¡chúpate esa mandarina!).

Música y ropa
Se podía comprar música de todo el mundo. La española estaba en la sección étnica y sólo conocían a Julio Iglesias y Plácido Domingo.  Ahora puedes comprarte el último de Bisbal o de la Oreja de Van Gogh… ¡Menudo avance!

En cuestión “roperil” te llamaba la atención lo que se ponía la chavalada británica. Las “jóvenas” salían los sábados por la noche con un camisón (sin canesú) y tacones con los que no saben andar (hay cosas que no han cambiado). Ellos eran más discretos, sin camisa o con camiseta de equipo de fútbol y pantalones bajados (no me refiero a pantalones cagados, estos lo llevaban por el suelo directamente, debido a su condición etílica y su afición por mostrar sus encantos). Otros llegaban más lejos e iban disfrazados de perroflautas (dogflutes les llaman allí), tatuados como la puerta de baño de un instituto… muy elegantes, en definitiva.

¡Vaya precios!
Todo era carísimo en el extranjero. Una cerveza costaba 4 veces más que en Madrid. Ahora son caras en todas partes, algo menos, aquí, pero… Claro que tú cobrabas también en libras... dos horas de trabajo para tomarte una cerveza. No me salían las cuentas y sólo tomabas algo el día “del buitre” (75 peniques, los jueves), y te mezclabas con el ambiente. Claro que tú no te emborrachabas para conseguir pelea, ni pedías 5 cervezas del tirón a las 10 y media para que no te pillara la puta campana que anunciaba el cierre a las 11 de la noche.

También estaba el tabaco. Lo sé, hay que dejarlo, el precio es lo de menos. Allí te sacabas los cigarrillos del bolsillo ya encendidos, para no dar a nadie. No soy  una persona tacaña, pero antes hubieras preferido donar un riñón. Esto ha cambiado… ahora es caro en todas partes.

Como veis el extranjero era distinto antes. Aunque hay cosas que no han cambiado demasiado, o sí, o a lo mejor no tanto.  Bueno, mejor lo dejamos así que parecemos un ministro un viernes cualquiera.