La historia es terminable

El título no tiene nada que ver con aquel libro de Michael Ende. O a lo mejor sí, porque cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. 
¡Cómo cambia la historia! Según quién te la cuente, las cosas pueden ser muy diferentes. Por ejemplo, a las perdices los finales felices no les hace ni puta gracia. En la mayoría de las historias hay guerras, ganadores, perdedores, buenos, malos, regulares, luces, sombras, gente con pocas luces, dragones… Y no todos ganan. Esto no es como después de las elecciones, que todos están contentos. 

No tenía muy claro cómo titular este post. Historia interminable, terminable, exterminable… ¿Os imagináis un grupo de cucarachas contando su propia historia? “Tuvimos que enfrentarnos a muchos peligros. El mundo tal y como lo conocieron nuestros antepasados ya no es el mismo. Nuestros hermanos los escarabajos no sobrevivieron. Ni nuestras hermanas las mariquitas. Intentaron acabar con todas nosotras. A muchas nos arrancaron las dos patitas de atrás para que no pudiéramos caminar. Y se reían de nosotras… Pero ni el cambio climático, ni las políticas de Donald Trump, Cucal (este no es político, pero también era malo), las bombas atómicas, el DDT (nada que ver con la televisión digital). Nada pudo con nosotras. Ahora somos felices, y aunque no queden perdices, dominamos el mundo. ¿Quién se ríe ahora?”. La historia exterminable. 
Como podéis ver, hay otras versiones de la historia. En el vídeo se cuenta que la cucaracha no puede caminar porque le falta dinero para gastar… Siempre fueron unas manirrotas… 
Hablando de cómo cambia la historia, hace poco veía un vídeo de un señor que, sin reírse ni nada, contaba su propia versión sobre una de región de España. De sus reyes, condes, los territorios que conquistaron, sus héroes… Si les dan un poco de tiempo conquistan la luna. Y no llegaron a Plutón, porque era muy pequeño y casi no había espacio para plutonizar.
También había gente que mataba dragones y llegaba el invierno. Menos caminantes blancos, había de todo. Y ellos eran los buenos. 
Otros te cuentan que un señor que mandó mucho y durante bastante tiempo en España por la gracia de Dios (Que a veces no sé dónde le veis la gracia) era mejor que Messi y Cristiano Ronaldo juntos. Mejor que un bocadillo de Nocilla de merienda. 
Para otros, este señor era peor que obligarte a ver Tele 5 durante una semana. No os digo más que le gustaba la música de la Tuna. Tampoco le hacía gracia que la gente decidiera cosas. Que para eso estaba ya él y decidía por los demás. Seguro que con tanta votación últimamente, se estará revolviendo en su tumba. 
Encontrar a alguien que sea bueno para todos es muy complicado. Y si ya hablamos de personajes de la historia es aún más difícil. En el post de hoy os voy a contar quién fue el mejor de todos.  Un personaje denostado (lo que quiera que significa denostar) por la historia… Nunca, nadie, se acordó de él. No se han escrito libros sobre él. Ni películas, ni siquiera una serie de Netflix (igual no hace falta hacer tantas series sobre gente). 
Son todos hechos objetivos. Yo os dejo los datos y vosotros decidís. Ya os aviso que no mató dragones, ni conquistó territorios allende los mares (¿Dónde está exactamente allende en Google Maps?), pero fue, en el buen sentido de la palabra, bueno. Vamos allá ¿Ok?
Érase una vez, hace muchos, muchos años en un reino junto al mar, un rey que gobernó y los habitantes fueron muy felices. Perdices no comieron porque no había. Era un reino muy lejano y había que hacer muchos transbordos. Y no es plan de marear la perdiz.
El caso es que en aquel reino en el que reinaba un rey con su reina y sus principitos y princesas y del que probablemente nunca has oído hablar, tenían pocas leyes, pero había que cumplirlas todas. 
Estaba terminantemente prohibido (porque todo el mundo sabe que las cosas hay que prohibirlas terminantemente para que se cumpla la ley):
  • El silbidito del “guasap”. Bajo pena muy grande. Más pena que cuando murió Chanquete.
  • Dejar mensajes de voz de más de 15 segundos. La pena se agravaba si el delincuente además cogía el teléfono como si fuera una tostada.
  • Escribir “haber si nos vemos” y más aún si se decía sin tener ganas de verse. ¡Lo peor!
  • Dar golpecitos en el brazo cuando te están contando algo. No se castigaba con la pena de muerte, pero se valoró durante algún tiempo.
  • Nunca, jamás, ¡Ever! llamar a la hora de la siesta. Ni por teléfono, ni al timbre, ni a gritos. Siendo la hora de la siesta de 1 a 7 de la tarde.
  • Cantar canciones de la tuna estando ebrio… O sobrio, u (qué me gustan las frases en las que se usa la u en vez la o) os tendréis que calzar las mallas y hacer acrobacias con una pandereta y una bandera
  • Prohibidas las banderas o las banderillas… A no ser que sean éstas. 
  • Echar chorizo a la paella, o quitar la cebolla a la tortilla de patata. El que cometiera o cometiese tamaño delito debía comerse el plato entero, sin compartir con nadie. Quizá era una medida demasiado dura, pero a veces un rey tiene que hacer lo que tiene que hacer.
  • Se puede ser vegano, pero no se puede ser cansino. No hace falta decirlo cada 10 minutos. Esto también aplicaba a los runners.
  • Madrugar. Aquí eran inflexibles. Todo aquel que se levantara o levantase antes de las 10 de la mañana estaba obligado a llevar el desayuno a todo el mundo. Pero desayuno completo con aguacates y todo. Y habría que pelárselo. El aguacate.

  • El que se colara o colase en una cola, valga la redundancia, pasaba a ser el último de la fila (no voy a hacer la broma de que tenga que cantar como Manolo García, pero tampoco era mala idea… ¿o es Ortega Cano?). 
Tampoco se podía matar, ni robar, y por supuesto, no estaban permitidos los pantalones de colores o los “jerseises” en los hombros (aún no había llegado la moda de los pantalones tobilleros) pero no es plan de especificar todas y cada una de las leyes. 
 
¿Qué cómo se llamaba ese Rey? Pues aún no he decidido si llamarle Kevin, o José Manuel, que es un nombre muy nuestro, aunque no suene muy regio… Y es que es posible que me haya inventado algunas cosas… Total, no sería el primero. La realidad siempre supera a la ficción. ¿Verdad Donald?





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